OPINIÓN

VENERACIÓN DE LA IZQUIERDA POR LA REVOLUCIÓN FRACASADA

Honorio FEITO | Martes 25 de octubre de 2016
El general aragonés Romualdo Nogués y Milagro, entretenido e inspirado escritor por otra parte, nos dejó la reflexión del cura carlista de Magallón, al término de aquella primera guerra: “Dios no permitió que ganáramos porque los nuestros se hubieran vengado cometiendo tantos horrores como los liberales”. Me pregunto ¿qué habría pasado si la izquierda hubiese ganado la revolución de 1934 y, si como consecuencia, también la Guerra Civil de 1936-1939?

Surge esta pregunta a modo de reflexión ante el espectáculo que desde octubre de 2014 se viene celebrando en Oviedo, y que consiste en una visita guiada a los lugares de la ciudad que fueron escenario de los más espeluznantes pasajes de la sangrienta revolución de octubre de 1934. De todos es sabido que aquella Revolución fue, ni más ni menos, un golpe de estado contra el gobierno de la II República. De haber triunfado, se entiende que fuera objeto de homenajes y vítores, pero el resultado fue un desastre para los organizadores y para cuantos resultaron ser víctimas de aquel conflicto que dejó, en Asturias, cerca de mil cien muertos y el doble de heridos, y una ciudad reducida a escombros: “cuando se ve Oviedo, como yo acabo de verla, en el estado en que se encuentra, no hay justificación posible de la política que ha provocado semejantes estragos”, dice Josep Pla, enviado especial del diario catalán “La Veu de Catalunya” (La Voz de Cataluña), apenas unos días después de la entrada del Ejército y la pacificación de la capital y de la provincia de Oviedo.

Bajo la apariencia de una ruta turística por la ciudad, la Fundación Juan Muñiz Zapico, a través de su director Benjamín Gutiérrez Huerta (que no tiene ningún pudor para afirmar que la revolución ha venido para quedarse), con el apoyo del Ayuntamiento de Oviedo dirigido por el llamado tripartito (PSOE, IU y Podemos), ensalzan la fracasada revolución de Asturias de 1934. Para los no iniciados, Juan Muñoz Zapico fue un destacado agitador sindicalista en la Transición, afiliado a Comisiones Obreras. Se trata pues de visitar los lugares de la ciudad que fueron escenario de la sangrienta revolución, para convertirlos en puntos de referencia, en una especie de santuario revolucionario, una llama viva que no permita que el olvido silencie aquella gesta de funesto recuerdo para los habitantes de Oviedo, particularmente, y de Asturias en general. Es una especie de dulce caramelo, envuelto en celofán rojo, por supuesto, con el que se intenta camuflar la doctrina revolucionaria edulcorada con la Ley de Memoria Histórica, aprobada bajo mandato del inefable Rodríguez Zapatero, que Dios nos mantenga alejado por mucho tiempo.

Ese empeño de la izquierda por mantener vivos los recuerdos, aunque algunos de ellos deberían producirles algún que otro escozor, se hace desde el descaro y con total desprecio por el rigor histórico. Y aún es posible que, ante la lectura o interpretación de algunos cuenta cuentos que andan por ahí, de la impresión de que aquel movimiento revolucionario nació de manera espontánea entre los mineros asturianos quienes, a su vez, empujaron a los líderes socialistas a encabezar el movimiento revolucionario, cuando no fue así, sino todo lo contrario. La revolución fue una maniobra del partido socialista y de la Esquerra Catalana, como aseguran, entre otros, Josep Pla, testigo de las consecuencias de aquel movimiento revolucionario. Fue un golpe de estado contra la II República, vulnerando todos los principios democráticos, con la intención de instalar un régimen marxista.

Los miembros de la Fundación Juan Muñiz Zapico y los ediles del Ayuntamiento de Oviedo, o sea, el propio PSOE y sus colaboradores IU y Podemos, organizan con entusiasmo estas visitas guiadas cuyo mensaje subliminal es, lógicamente, dar la vuelta a la tortilla para que prevalezca la lucha de los revolucionarios sobre la triste realidad de aquellas jornadas que trajeron muerte, desolación, destrucción y angustia a una población que, como señala Josep Pla, tenía entonces un nivel de vida razonable, sin paro obrero y con una inercia laboral y social por encima de la media española. Y hoy se recrean estos escenarios ante el candor de una parte de la sociedad ovetense que parece querer comulgar con ruedas de molino. Nada que ver estos ciudadanos con aquellos otros ovetenses que quisieron linchar, por ejemplo, a Teodomiro Menéndez aquellos días, al que rescató una compañía del Tercio, siendo detenido y alojado en una prisión en el barrio del Seminario, cuando López Ochoa instaló allí su cuartel general el 17 de octubre, reducidos ya, prácticamente, los alborotadores.

Se tiene a la izquierda por la defensora de la cultura. Un tópico más. Cuando se ven los efectos de aquella revolución que hoy se ensalza, además de la pérdida de vidas humanas, las consecuencias y daños de aquella abortada revolución fueron, para Oviedo especialmente, irreparables: ardieron el convento de San Pelayo, el edificio de la Audiencia, se voló la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo y se incendió la Universidad, desapareciendo la importantísima biblioteca de más de 60.000 volúmenes, y la pinacoteca, y numerosos objetos pertenecientes a varias cátedras, sin entrar en más detalle… también fue incendiado, por las fuerzas gubernamentales de la II República, el teatro Campoamor de Oviedo que, de no haber sido por la revolución no habría sufrido daño, como el resto de los edificios.

Produce desolación contemplar cómo durante estos ochenta y dos años, un sector de la izquierda ha mantenido el cinismo de no admitir la responsabilidad de los sublevados en el incendio de la Universidad de Oviedo. Stanley Payne dice que todavía no ha habido arrepentimiento oficial de los socialistas (salvo algunos casos a título personal). Todavía hoy, cuando los documentos hablan por sí solos, Benjamín Gutiérrez Huerta, presidente de la Fundación que organiza el recorrido por los escenarios revolucionarios, niega la evidencia al asegurar que muchos de los desastres habidos aquellos días no fueron obra de los insurgentes. Otro tanto pasa con el historiador David Ruiz, experto en el movimiento obrero, que admite que la voladura de la Cámara Santa sí fue obra de los revolucionarios, pero que el incendio de la Universidad de Oviedo no fue propiciado por los agitadores, cuando existe el acta de la reunión del Claustro, del día 17 de octubre de aquel año, en la que el rector Leopoldo García Alas y García Argüelles, hijo del escritor “Clarin”, lo explica con una claridad meridiana (sobre este punto, ver dos artículos de José María García Tuñón en la revista El Catoblepas, correspondientes a los números 32, de octubre de 2004, y al número 116, de octubre de 2011). Y el argumento defendido por María Teresa León, comunista, casada en segundas nupcias con el poeta Rafael Alberti, también asumido por otros narradores, asegura que el incendio de la Universidad de Oviedo fue causado por una bomba caída desde un avión republicano, tema, como hemos visto, que ahonda en el cinismo histórico de los dirigentes socialistas y sus socios comunistas.

El ya citado Josep Pla escribe para su periódico unas crónicas que relatan la espeluznante visión que se contempla: “Regreso a Oviedo aterrorizado por el aspecto que presenta la ciudad. No creo que la lucha civil entre ciudadanos de un mismo pueblo haya llegado nunca al extremo que ha llegado aquí”, escribe en su crónica del día 25 de octubre, pero escrita el día 16 o 17. Y más adelante, relata: “se tome la calle que se quiera, inmediatamente aparecen casas reventadas, tejados derrumbados, montañas de material humeante derribado, hierros retorcidos…” “La gente -dice- cuando se encuentra por las calles, se abraza llorando. Casi todo el mundo se despidió de la vida durante los nueve días de dominio de las turbas y de bombardeos de la aviación. De la Universidad no quedan sino cuatro paredes. Lo demás ha sido derrumbado… Y concluimos su cita: “Esta es la obra del socialismo y del comunismo en comandita con los hombres de Esquerra Catalana. Han sembrado por doquier la destrucción, las lágrimas, el cieno.”

Pues este espectáculo, amigo lector, es lo que hoy se conmemora en Oviedo por parte de la izquierda que, bajo el amparo de una Ley de Memoria Histórica, que el señor Rajoy se negó a derogar porque, probablemente, sólo valora en el aspecto económico, hace posible que recorrer los escenarios y recordar los actos luctuosos y sangrientos sea, ¡agárrense! un tema cultural.