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RUFIÁN NO ES ARNICHES
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RUFIÁN NO ES ARNICHES

lunes 08 de enero de 2018, 20:50h
Intentaré no permitirme la licencia de jugar con el significado de su apellido, pero el diputado de la Esquerra Republicana por Barcelona, Gabriel Rufían Romero, debe pensar que pasará a la historia del parlamentarismo español como uno de los más originales parlamentarios de nuestro constitucionalismo reciente. No se lo crean. El siempre recordado Luis Carandell, que alcanzó fama también como comentarista de Cortes y animaba los telediarios de la Primera de TVE con anécdotas acerca de Sus Señorías, nos mostró algunos de los momentos jocosos habidos en el Palacio de las Cortes, de la carrera de San Jerónimo.
Uno de los diputados, luego senador, que recabó la admiración de los cronistas, y de no pocos diputados y senadores que compartieron con él escaño, aunque no partido ni ideología, fue don Pedro José Pidal y Bernaldo de Quirós, Perico, para los amigos. Su biografía roza el surrealismo, aunque para ser justos, debo decir que se adelantó a este movimiento algunas décadas.

Nacido en el seno de una familia dedicada, desde generaciones, a la política Pedro José Pidal y Bernaldo de Quirós fue un buen estudiante, con notas de sobresaliente en el Bachillerato y en la carrera de Derecho, y no doy este dato por afear el currículo del señor Rufián que, según su ficha de diputado, tiene una diplomatura en Relaciones Laborales y un Master en Dirección de RRHH, sin que conste en ninguna parte si alguna vez ha ejercido alguna de las dos. Por su parte, Pidal, marqués de Villaviciosa de Asturias, tuvo una dedicada actividad a los libros, fue un apasionado lector de novelas de caballerías, especialmente del Quijote, y un deportista de fama como tirador (en las Olimpiadas de París consiguió una medalla que, hace unos años, el Comité Olímpico Internacional no le reconoció), y amó a la naturaleza con verdadera pasión, pues a él se debe la Ley de Parques Nacionales de 1916, y una ley de Instrucción Pública.

Llegaron a llamarle el Arniches del Parlamento y su elocuencia, salpicada de chascarrillos y fundamentada en su cultura, le convirtieron en un personaje. En una ocasión, siendo senador, llevó un ejemplar de El Quijote para ilustrar a Sus Señorías, con la consiguiente bronca del presidente. En otra, llevó una pistola, cuando se debatía sobre la reforma de algunos artículos de la Constitución. Los cronistas dicen que, a medida que explicaba a la Cámara su teoría con el arma en la mano, el presidente del consejo, el Conde de Romanones, abandonó el escaño sin que nadie pueda dar cuenta de en qué momento ni bajo qué circunstancias… Reprochó en otra ocasión al ministro de Hacienda, que pretendía subir los impuestos sobre la sidra, diciendo: “si Su Señoría está enterado de lo que pasa en aquella región… y lo que goza un asturiano con la espicha en la mano…”, entre sonoras carcajadas de las bancadas de las minorías.

El Marqués de Villaviciosa de Asturias, amigo personal del rey Alfonso XIII, a quien dicen que aficionó a la montaña y a la caza, fue senador vitalicio. En otro debate, manifestó que no sabía qué tenían que hacer los republicanos en Covadonga. Si hubieran sido los integristas… pero republicanos en Covadonga pegan tanto como a un Cristo con dos pistolas.

Unamumo, Azorín, Tapia Ozcariz… los cronistas habituales de Cortes de su tiempo supieron reconocer el fino sentido del humor de aquel parlamentario y senador que animaba las sesiones y que exasperaba a la oposición con comentarios directos, cargados de ironía y desesperante en el cuerpo a cuerpo dialéctico. Constantino Suárez, El Españolito, autor de Escritores y artistas asturianos (7 tomos), dijo de él que resultaba pintoresca su oratoria y oportuno en las interrupciones.
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