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LA PASIÓN DE LA AUTORIDAD
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LA PASIÓN DE LA AUTORIDAD

miércoles 29 de noviembre de 2017, 19:41h
El embrollo en el que vive España, como consecuencia del régimen político del 78, ha alcanzado su particular desastre en la declaración del Parlamento de Cataluña, como resultado de ese apócrifo referéndum celebrado el pasado 1º de octubre del año en curso. A nadie le pilla de sorpresa la situación, aunque para la mayoría, escenas como las vividas semanas atrás por parte de los responsables políticos del régimen autonómico catalán, no serían posible en esta nueva etapa porque ya el Estado habría descentralizado la Administración; una maniobra capaz de devolver a las regiones su capacidad de autogestión, y dejar precisamente al Estado en quiebra política y económica. Esto no se lo creían ni los que hicieron posible el régimen de las Autonomías, es decir, los que definieron la esencia del Estado actual, su esqueleto.
Desde el mismo instante en que se aprobó la Constitución de 1978, la izquierda representada por el PSOE, el partido de mayor concentración de votos, ha venido alimentado la idea del estado federal–en realidad, estamos a un paso desde hace tiempo- y en la esperanza de romper definitivamente el conjunto y la unidad de España, han venido trabajando, cuando han estado en el poder, por favorecer el adelgazamiento del Estado central a favor del concierto autonómico. También lo ha hecho la derecha, si por derecha entendemos, que habría mucho que definir y precisar, al Partido Popular que actualmente controla el señor Rajoy, Presidente del Gobierno actual y no sabemos por cuánto tiempo.

La gran tragedia para los españoles es que este punto, que constituye la mayor amenaza para la desaparición de la España de la unidad, con varios siglos a sus espaldas, es que cuando alguien alude al peligro que corremos de romper nuestra unidad histórica, el único argumento que se esgrime es el coste económico del estado autonómico. Se valora más el aspecto financiero que el esencial, y este es el parámetro con que los políticos de hoy valoran la realidad de nuestro mundo. El propio Rajoy, en las rondas televisivas y ruedas de prensa que mantuvo durante el periodo electoral último, sacó siempre a relucir la importancia de la economía, como base para garantizar el bienestar del ser humano. Aunque nadie duda de su importancia, se puede reflexionar sobre qué lugar debería ocupar el tema monetario en la vida de los mortales, porque con dinero se pueden comprar cosas, pero no las emociones, que también son alimento para el alma y, ya sabemos, el alma solo es de Dios. ¿Se puede cuantificar en dinero el placer de leer un libro? ¿El de escuchar un poema? ¿El de respirar un aroma nuevo o contemplar un paisaje? ¿Se puede medir en dinero el placer de escuchar un aria de Verdi sin otro baremo que el coste de las entradas?¿ cuánto dinero vale un disgusto?
Refiriéndose al Conde de Romanones, el poeta y ensayista, Padre Félix García, dijo de él que era el más experto y hábil manipulador de tretas y picardías políticas, y recoge del aristócrata liberal una frase según la cual, el triunfo mayor en la política consiste en lograr el respeto del adversario. Las medidas aplicadas por el gobierno de Rajoy, en connivencia con el PSOE de Pedro Sánchez, sobre la situación en Cataluña nos llevan a pensar que, frente a la aplicación legal del castigo por secesionismo, calificado como grave en nuestro ordenamiento jurídico, se ha optado, por decisión consensuada, por el amago dejando que los implicados tengan, incluso, sus opciones ante el nuevo reto electoral anunciado para el 21 de diciembre próximo. Difícilmente se puede entender que un Estado soberano contemple medidas disuasorias cuando lo que está en juego es, precisamente, su existencia como tal. Resulta difícil de entender que la medida para resolver los graves problemas que tiene la sociedad catalana, iniciados desde prácticamente la aprobación de la Constitución y del régimen actual, encuentren solución con la convocatoria de esos comicios electorales a celebrar en los previos a la Navidad de 2017. El Estado sigue mostrando su debilidad, preocupante, y su ausencia en muchos territorios (que no “geografía”) de España, principalmente, en Cataluña. Y los miembros del Gobierno actual, y otras personalidades de las altas instituciones de Estado, que deberían haberse comprometido con su presencia en aquella región española, no han hecho más que constatar no solo esa debilidad, sino lo que es aún peor, la ausencia del Estado y el abandono de los miles de españoles residentes en aquellas provincias que, como han demostrado recientemente, se sienten catalanes y también españoles.

Es probable que Rajoy encuentre una victoria en la forma de manejar el problema catalán, como la encontró tras las elecciones del 20 de diciembre de 2015, y el periodo que se abrió como consecuencia de aquellos resultados, que echaron al traste la continuidad en el mando de los dos grandes partidos, o sea, eso que los expertos llaman el bipartidismo, con el reparto de votos, dando entrada a dos nuevas formaciones como Podemos y Ciudadanos. En aquella situación, ese inmovilismo del que tantas veces se ha culpado a Rajoy, y a su oráculo Arriola, dio como resultado la ansiedad de Sánchez y de Pablo Iglesias, que quedaron con un palmo de nariz en medio del baile, y sin la poltrona del Palacio de la Moncloa. Tal vez, a partir del próximo 21 de diciembre, en Cataluña, las urnas, esta vez legitimadas y con los adecuados e indiscutibles controles democráticos, den una victoria a los partidarios de la Constitución capaz de restaurar las instituciones catalanas y comenzar la recuperación social y económica de aquella región, víctima del abandono empresarial por la catastrófica gestión de estos genios de la ilusión independentista. El tiempo lo dirá. Pero no nos olvidemos que el problema de fondo está en la Constitución, en la configuración del Estado actual que está definido por el régimen autonómico. Y, volviendo al Conde de Romanones, resaltemos otra de sus conclusiones políticas, cuando dijo aquello de que la cualidad más precisa para gobernar es la pasión de la autoridad, condición que parece haber desaparecido del señor Rajoy.

Nota: En mi anterior artículo en esta sección Chicuelinas echaba yo en falta la presencia, en el problema catalán, de los agentes del CNI. Apenas publicarse el artículo, los periódicos recogieron noticias relativas precisamente a la actuación de estos informadores infiltrados en las instituciones catalanas… ¡ya decía yo!. ¿Me leerá Soralla?.
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