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EL DÍA DESPUES

El Gobierno que preside el señor Rajoy venía señalando el domingo, día 1º de octubre, como fecha talismán para abortar las pretensiones de los independentistas catalanes. Escribo al filo de la media mañana de este domingo, día primero de octubre, mientras los medios audiovisuales y la prensa digital dan cumplida cuenta de la actuación policial en muchos improvisados colegios, y al tiempo que la prensa tradicional recoge en sus ediciones de hoy los documentos gráficos y las crónicas de las manifestaciones de ayer, cuando la Bandera presidió las plazas mayores de muchas ciudades y pueblos de España; cuando, por una vez, la España dormida parece haberse despertado del amargo letargo a que fue sometida por la partitocracia
Y se concentró y se manifestó, precisamente, sin haber sido convocada por ningún partido al uso. No frotaré mis ojos para comprobar esa realidad que es ver a España en pie, mirando cara a cara al desafío y dispuesta a mantener hasta el más insignificante pedazo de territorio (que no de geografía, como dicen los horteras), bajo la Enseña nacional.

A estas horas de la mañana del domingo (10,30 a.m.), los confidenciales, los digitales y los medios audio-televisivos confirman que han votado Puigdemont y Junqueras, el perezoso y el llorón, respectivamente, y los independentistas parecen haberse apuntado un nuevo triunfo al lograr estos dos pillos sortear la vigilancia de las Fuerzas de Seguridad del Estado, y conseguir introducir las papeletas -¡vaya usted a saber!- en un sucedáneo de una urna electoral, sin ningún control que dé validez al acto, que es lo que acostumbran.

Pero el Gobierno que preside Mariano Rajoy no apunta a la diana, nos engaña, nos distrae. Abortar el 1 de Octubre, después de haber congregado a miles de policías y guardias civiles (en no muy decentes condiciones, por cierto), no era el objetivo a cubrir. ¡Qué más da que voten unos cientos o unos miles! El objetivo sigue siendo deshacer la nómina de personajes que han provocado esta situación. Es hacer caer sobre ellos el peso de la Ley, sin necesidad de ampararse en opiniones –respetables, muy respetables- de líderes extranjeros, gerifaltes de la Unión Europea, mandatarios de países amigos o embajadores de reinos de Oriente, sin necesidad de buscar amparo internacional ni que los sindicatos –siempre inoportunos- policiales expliquen qué hacen allí y contra qué van. El objetivo era y sigue siendo que el Gobierno que preside Mariano Rajoy disponga medidas capaces de extirpar esta plaga, haciendo detener a sus líderes, como responsables, y no solo a los comediantes que les secundan, y a cuantos osen desafiar, el lunes, el martes, el miércoles o cualquier otro día en el futuro, la convivencia y obstaculizar la armonía que debe presidir nuestra sociedad.

El Gobierno de Mariano Rajoy no quiere ver (permítame el lector ser generoso en el juicio), que si no se fumigan las malas hierbas, estamos condenados a padecer los efectos de su presencia. Y no tiene bemoles para afrontar esa decisión él solo, necesita el apoyo de, al menos, el partido que preside Sánchez. El problema es que, con o sin Sánchez y su PSOE, no hay más solución que ir directo a los causantes de estos problemas. No hacerlo, equivaldría a vivir en el futuro con la amenaza de volver a este escenario de debates absurdos, de sentirnos de nuevo amenazados por los que encarnan la mentira histórica, la corrupción económica, la ruptura social y el despropósito político.

Las manifestaciones de ayer, en las plazas de todas las ciudades y pueblos importantes de España, incluidos los de Cataluña, son un ejemplo vivo de lo que significa la unidad, la coherencia, la armonía y la necesidad de permanecer unidos en este reto al que se ha llegado por la incongruencia de un puñado de corruptos y estafadores, y la negligencia de los distintos gobiernos centrales que, mirando para otro lado, han permitido este teatro.

Echo de menos el protagonismo, en estas circunstancias, de la Corona; curiosamente, el Rey Felipe VI presidió la discutida manifestación, tras el atentado terrorista del pasado mes de agosto en Barcelona. Manifestación que nunca debió celebrarse en mi opinión porque, como en la antigua Roma, las tropas desfilan tras una victoria para obtener el calor y el aplauso del pueblo, no para erigirse en protagonista cuando sobre el asfalto aún está caliente la sangre de las quince víctimas del terrorismo, y la victoria, en este caso, fue de los yihadistas. ¡Qué distinta manera de ver las cosas!

Más por el contrario, ayer no hemos contado con la presencia del primero de los españoles en ninguna de esas plazas mayores sembradas de Banderas rojas y gualdas, ni siquiera un comunicado, que lo hubiera colocado al frente de su pueblo. La partitocracia parece haberle secuestrado. Tampoco hemos visto, ni leído, ni escuchado, entrevistas con el Rey Emérito para saber su opinión sobre lo que está pasando en Cataluña, sobre las acusaciones hacia Jorge Pujol, en un asunto tan delicado como ha venido señalando la prensa. España parece huérfana y entregada a los albaceas en que se han convertido los partidos políticos y los sindicatos. Y todo parece indicar que el futuro inmediato, salvo que la tensión acumulada se rompa en agresiones, se mantendrá igual, porque, sencillamente, no hay voluntad de acabar con el problema.
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