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EL PROCÉS: UNA FAENA CUAJADA DE GESTOS

Si existiera España, una multitud estaría cercando a estas horas el Palacio de la Moncloa para exigir a Mariano Rajoy que, antes de que inicie su viaje al extranjero, acabe de una vez con el asunto de Cataluña. Que acabe de una vez antes de que uno de sus ministros, Luis de Guindos, proceda a negociar la deuda, aquel asunto que planteó Arturo Mas, en 2012, pero que el Gobierno de Rajoy de entonces rechazó de plano porque, según ha explicado De Guindos al diario británico Financial Times, la situación de España no estaba para estas cosas; pero ahora que hemos orientado la Economía, sí, ya se puede hablar. ¡Acabáramos!
Haber empezado por ahí. O sea, el problema de Cataluña, a ver si nos enteramos, no es la independencia, sino la economía. Cuando el otro día soltó el ministro de Hacienda que Cataluña debe setenta y cinco mil millones de euros, ¿nos estaba diciendo que ese es el dato a valorar? ¿qué la campaña emprendida a favor del referéndum es una estrategia para forzar al Gobierno de Rajoy, y por ende al Estado español, a negociar la fiscalidad catalana? O sea, ¿nos está advirtiendo que la pretendida reforma de la Constitución pasa por este tema de la financiación?

Vivimos en un mundo de gestos. Los gestos valen tanto o más que las palabras. Bueno, hay palabras que valen bien poco. Ya saben los lectores a qué me refiero. “No va a haber referéndum…” y ¡toma!. Un gesto del Presidente del Gobierno es dar la espalda al problema (para los de la Logse, esto no es dar el espaldarazo, no confundir).

En plena crisis catalana, cuando tenemos a las fuerzas de Orden Público cercadas, o hacinadas a bordo de un crucero adornado con Piolín y Silvestre, atados de pies y manos ante el insulto, la agresión verbal y la provocación; cuando frente a cada advertencia del Gobierno Puigdemont y su cuadrilla responden con nuevas provocaciones, tenemos que entender que el problema no va por ahí, que De Guindos tiene la solución y que la solución está en la deuda, en negociar la deuda, en facilitar a esta camarilla del 3 y del 5 por ciento, la posibilidad de mangonear las cuentas públicas sin dar explicaciones de sus manejos al Estado. Que la pela es la pela, ¡coña!.

Me dice un mozo de espadas, experto en la lidia de los despachos, que es diferente a la de la plaza porque aquí la cornada es más sutil, que esto de la independencia de Cataluña no es lo que parece. Los únicos que quieren irse son los que menos pintan en esto, ya sabes, me dice, Guardiola, su hermana, y algún que otro privilegiado del deporte, algún cómico que ya ha perdido la gracia, algún cantante y esa legión de adolescentes, criados en las escuelas del odio, que protagonizan escraches contra la Guardia Civil. Le pregunto, entonces, por qué tanto revuelo… y me espeta que es un gesto. Es como cuando el maestro, y señala con la mirada al ruedo, tras rematar una tanda, se gusta y mira al tendido desafiante…

Si no fuera porque en Cataluña han prohibido la Fiesta me atrevería a pensar que Puigdemont, como primer espada de la terna, ha convertido en naturales los desplantes; Junqueras llora impotente porque le ha tocado un bizco, manso de careta y maullón, y hasta imaginaría a Colau corriendo por el callejón, con un vasito de plata y un botijo para refrescarles. Gestos.

¿Y Soralla?

Los adláteres de Puigdemont, me refiero a esos empresarios catalanes que apoyan la consulta o la independencia, directamente, que vienen siendo objeto de las campañas de boicot a sus productos, que es el gesto con que los españoles hacen lo que no hace el Gobierno, y que flipan cuando leen las declaraciones de De Guindos y ven la mano tendida para negociar la deuda, se sienten confusos ante la mirada de diablillo de Montoro. Porque una cosa es la Economía, que representa De Guindos, y otra Hacienda, léase Montoro. A ambos, dice el mozo de espadas, los maneja Mariano Rajoy como gestos. Lo que pasa es que entre gestos y gestos anda uno confuso.

Y ahora que vamos a Navidades (cualquier día de estos ya vemos las guirnaldas decorar las grandes superficies, para calentar motores), suenan los clarines, por las redes sociales, para advertirnos que nadie confunda la marca de cava y demás productos de la cesta tras comprobar su origen. Es la respuesta que no da el gobierno. Otro gesto. El único que parece tenerlo claro es el mozo de espadas.
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