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LA SOSPECHOSA ACTITUD DE NUESTRA CLASE POLÍTICA

Consumada ayer la traición a la unidad de España en el Parlamento de Cataluña, ante la estupefacción y la impotencia de un gran parte de la sociedad española y catalana, el Gobierno nos anuncia hoy la bajada del IVA del cine del 21 al 10 %, seguramente, Mariano Rajoy no quiere, en estos momentos, ver a los Bardem agitando en la calle a los intelectuales. Los españoles esperaban que hoy, 7 de septiembre de 2017, el día amaneciera con la noticia de que el Gobierno había decidido aplicar el artículo 155 de la Constitución, y acabar con esta pesadilla. Desarticular la trama insidiosa y pueril que un grupo de descerebrados ha tejido hasta convertir a una buena parte de la sociedad catalana en sustento de sus acciones, después de llevar a término una labor de adoctrinamiento gracias a las transferencias en materia de Educación, con total impunidad y sin considerar las numerosas denuncias de las familias que veían a sus hijos como cobayas en la escolaridad catalanista.
Jamás se ha podido escribir la crónica de una muerte tan anunciada como ésta; jamás la añagaza, el ardid, la astucia, la artimaña de un grupo de sospechosos manipuladores del 3 o del 5 por ciento, al que se ha unido otro grupo de coleguitas del marxismo, arguyó estrategia tan severa para imponer su derecho a manipular los impuestos y los presupuestos, lastimando nuestro talón de Aquiles, la unidad nacional, con el único objetivo de convertirse en manipuladores absolutos del dinero que genera la Comunidad Autónoma y del que el Estado les da a través de distintos cauces.

En el punto en el que estamos ya no sirven los análisis, pero resulta obvio, aunque sólo sea para recordar, que hemos llegado hasta aquí porque en esta partida ha habido un jugador convencido de su paranoia, los independentistas, frente a otro jugador, en este caso el Gobierno que preside Mariano Rajoy Brey y la oposición que completa el sistema, sospechosamente incapaces de arbitrar medidas eficaces para detener esta locura. Si los independentistas catalanes han conseguido la ruptura ha sido, principalmente, por la aparente ineficacia del Gobierno. Resulta patético ver en los informativos de todas la cadenas a la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría anunciar la apertura de expedientes, o reclamar la atención del Tribunal Constitucional para que disponga sanciones ante cada provocación o fanfarronada de Arturo Mas primero, y luego su sucesor Puigdemont, con la imagen entre ausente y alejada de otro vector de esta baladronada como es Junqueras.

La actitud del gobierno de Mariano Rajoy es turbia porque desde que comenzó el proceso, le han sobrado oportunidades y razones para la aplicación de normas, especialmente el artículo 155 de la actual Constitución, que no lesionarían a Cataluña, pero sí haría que los responsables de esta representación pagaran, como paga cualquier español, sus desacatos. La conducta del Gobierno es, pues, sospechosa de no aplicar la Ley con la claridad y la contundencia que la Ley contiene, y en su lugar, se han refugiado en las instituciones judiciales, cuando lo que demandaba la fechoría es la respuesta clara y contundente que nunca se ha producido.

¿Y que puede mover al gobierno del señor Rajoy a no aplicar la Ley? Un breve repaso por la Historia contemporánea de España nos lleva a la inevitable conclusión de que parece existir una especie de condena a la unidad de nuestra nación. La bravata catalana, a la que seguirán la vasca, la andaluza, la balear y la valenciana probablemente, no es un tema que comenzara a debatirse en estos tiempos. Tuvo su origen en pleno siglo XIX cuando, perdido aquel vasto imperio español, aprovechando la Guerra de la Independencia y la debilidad consiguiente del Reino de España, se comenzó el derribo de aquellas posesiones, que deberían haberse independizado de otra manera. Ante la negación de una evidencia, nuestra clase política se entregó a una situación de debate permanente durante el siglo XIX sobre el futuro de la única joya que nos quedaba, la isla de Cuba. Los españoles de entonces no vieron el peligro, y la clase política española, siempre tan alejada del sentimiento de la base social, tampoco; los catalanes, o al menos una parte de ellos, sí vieron lo que se venía encima y así lo manifestaron en varias ocasiones, y perdimos Cuba, por las circunstancias de todos conocidas, junto a Filipinas, Puerto Rico y la isla de Guam, hoy tan de actualidad también por las excentricidades de otro comunista.

Aniquilado el imperio exterior, comenzó la estrategia de ruptura de la unidad interior de España, la puntilla definitiva se consumaría con la figura de la federación o confederación de estados autonómicos o regiones, algo por lo que han apostado algunos líderes y partidos políticos actuales, conviene no olvidarlo, consecuencia histórica de lo vivido en el Siglo XIX, y que tuvo en en XX su continuidad. La Segunda República fue el escenario de un nuevo debate sobre la unidad nacional –lo que costó la dimisión de algún diputado socialista- al debatirse el estatuto de autonomía catalán e, interrumpido ese proceso por el Franquismo, volvió de rabiosa actualidad durante la Transición; aquello del “café para todos”, con que Suarez, convencido o no, quiso contentar a los que mejor tajada sacaron del proyecto, que todavía defiende su responsable, Clavero Arévalo, desde su retiro sevillano.

¿Existe interés por parte de los poderes económicos, desde dentro o desde fuera, en consumar el proyecto soberanista de algunas comunidades españolas? Si no es así, nadie entiende, y los votantes del Partido Popular aún menos, tanta consideración ante la chulería de los líderes catalanistas y podemitas, en cualquiera de sus partidos, como la que ha venido aplicando el Partido Popular y el partido socialista sobre este asunto.

Porque en este despropósito, la oposición tiene también sus responsabilidades directas. Asistimos al espectáculo triste de las descalificaciones; a las insufribles sesiones parlamentarias que, más que construir, se han convertido en una especie de casting donde Sus Señorías asoman de vez en cuando para lucirse –o intentarlo- dejando en evidencia sus carencias parlamentarias y, en bastantes casos, su falta de sentido común para dirigir la política nacional. Una oposición ajena a los grandes retos que tiene planteados nuestra sociedad de hoy, y que en algunos casos, aprovechan la tribuna para lanzar soflamas que justifican el proceso catalán, o exhiben gestos cuyo objetivo es romper la norma del comportamiento, que es como dirigir un mensaje subliminal a la sociedad para desafiar las normas establecidas. ¿Cuántos de ellos estarían dispuestos a aplicar el artículo 155 de la Constitución en Cataluña? ¿Cuántos de ellos disponen de otra medida capaz de alejar la amenaza independentista catalana? Probablemente, el resultado de esta pequeña encuesta nos daría una respuesta contundente y clara de por qué se ha llegado a esta situación.
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