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LA CESTA

Mi recuerdo más lejano es el de Natalio y José Luis, en los antiguos almacenes de Honorio Riesgo S.A., a la hora de hacer las cestas de Navidad. Tenían una maestría especial para ordenar los productos con elegancia.
Dos maestros en el arte de la decoración de la cesta navideña que, por entonces, era el presente con el que empresarios y particulares se felicitaban la Navidad. Tal vez por eso de que a nadie le amarga un dulce, ni un jamón ibérico, ni las clásicas botellas, los turrones y mazapanes y el resto de los productos de estas fechas, que parecían sembrados sobre virutas de celofán de colores que almohadillaba los artículos, previamente asidos con fino alambre al mimbre, y coronado todo por una flor de tela, un muñeco de peluche y bombones de licor producto de la casa. De esa presencia no he vuelto a ver cestas como aquellas.

Años más tarde, recuerdo a muchos españoles circular por las calles, en estas fechas, portando cajas de cartón como sucedáneo de la clásica cesta. Es una figura desaparecida de la que tal vez conserve alguna imagen en su filmoteca Alfonso Arteseros, que suele despertar nuestra memoria con recuerdos cargados de nostalgia. No se si cualquier tiempo pasado fue mejor, pero sí se que el tiempo vivido se recuerda con cariño, porque son escenas que no volveremos a vivir. Nos faltan las personas y nos falta el ambiente, de ahí la nostalgia. En tiempos siguientes surgieron las “bufandas” que más que un regalo navideño fue una manera de comprar voluntades y de disfrazar favores.

Como es tiempo de Navidad no me siento con ganas de politizar mi artículo. Tampoco seré complaciente.

La cesta inspiró una preciosa película con este mismo título, dirigida por Rafael J. Salvia, e interpretada por Antonio Garisa, Ana Esmeralda, Lina Morgan, Julia Caba Alba, Quique Camoiras y Perla Cristal, entre otros. Rodada en Mora de Rubielos (Teruel), según la ficha técnica, recuerdo que su argumento ponía en evidencia la codicia humana, representada por el gran Garisa, que trata de hacerse con todas las papeletas de la rifa, cuyo premio es la cesta que incluye un décimo de lotería… utilizando diferentes artes, consigue hacerse con la mayor parte de las papeletas. Un personaje, el tonto del pueblo, sólo lleva una y no la vende… la escena final contiene todos los elementos de una tragicomedia, al ver a este infeliz desempaquetando las peladillas –envueltas con billetes de mil pesetas- que él, en su infantil ignorancia, desprecia para quedarse con el fruto…

El Public Ledger era un periódico que se editaba en la ciudad de Menphis, estado de Tennessee. Su corresponsal en España, John Hay, describió para sus lectores, que también eran los del periódico The Perrysburg, de ésta misma localidad en el condado de Wood, estado de Ohio, las Navidades españolas de 1873. Según este observador, procesiones de granjeros castellanos ofrecían sus productos puerta a puerta, y destacaba que el pavo no era el producto estrella de la Navidad española, ni tenía la importancia que tiene para ellos con motivo del día de Acción de Gracias. Destaca que el epicentro del marketing navideño estaba en la Plaza Mayor, donde se exhibía una notable variedad de frutos, como las enormes naranjas doradas, cogidas el día anterior en Andalucía, las nueces de Granada y los dátiles de África. Otro de los elementos españoles que a este periodista le llamó la atención fue la presencia del belén. Y le extrañó a este corresponsal la ausencia de San Nicolás. John Hay, no obstante, explicaba algo que en su lugar sorprendía, como era ver la colección de zapatitos que la noche de Nochebuena se dejaban en los portales, o las ventanas de las casas, para explicar a continuación que para los niños españoles, la figura de los tres Reyes Magos simbolizaba la noche del sueño y de la alegría.

Creo que este año resulta significativo el hecho de haber recibido muy pocas felicitaciones navideñas tradicionales, y en cambio, mi correo se ha llenado de mensajes muy elaborados que contienen la felicitación y los mejores deseos. Yo, personalmente, quisiera que ustedes imaginaran una cesta navideña llena de SALUD, PAZ Y FELICIDAD para todos los que durante este año han soportado mis artículos. Como estamos en tiempos de recortes, no la enviaré a todos, sólo a mis fieles amigos (a los políticos, ni carbón). Sepan que en ella va un sobre pero no con un décimo de lotería, sino con dos oraciones: una para los no nacidos, para aquellos a los que se les ha negado la vida, sin esperar, siquiera, a conocerlos; la segunda es para los que nos han dejado en esta vida, pero que seguimos llevando en nuestro corazón y que, cuando levantamos la mirada al cielo, vemos entre los luceros. Feliz Navidad.
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