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DEL DESASTRE A LA ESPERANZA, UNA APTITUD POSITIVA

Tengo el 18 de julio como referencia de tres grandes periodos. El primero, llamémosle histórico, pondría el punto y aparte a una etapa convulsa que se inició tras la Guerra de la Independencia y que sacudió a España y a los españoles permanentemente a lo largo del siglo XIX. La Guerra de la Independencia fue el último gesto de la unidad de los españoles, a partir de aquí, con la promulgación de la Constitución de 1812, los españoles quedarán divididos en dos bandos cada uno de los cuales, a su vez, ser irá fagocitando a lo largo del siglo en nuevos subgrupos diferenciados entre sí por matices, pero con la suficiente fuerza como para moverse con cierta independencia debilitando el interés general. Este es el periodo del desastre, que coincide con nuestra Historia Contemporánea.
La pérdida de los territorios de nuestro Imperio, cuando en Hispanoamérica se inician los movimientos de emancipación, aprovechando el desgaste de la Guerra de la Independencia, cuyo origen comparten con las corrientes que, desde dentro, buscan acabar con la esencia de la personalidad española, unido todo ello a la incapacidad de nuestras administraciones para posicionarse en la realidad que les tocaba vivir, desembocaron en la acción partidista por el control político. Tras décadas de luchas y de guerras civiles – carlistas y los pronunciamientos por el pulso entre moderados y liberales, la corrupción sistemáticamente implantada, etc.- los españoles despidieron el siglo XIX sin las últimas joyas de la coronal imperial que aún quedaban: Cuba, Filipinas y Puerto Rico y la isla de Guan. La manifiesta incapacidad española se hizo evidente en las negociaciones que tuvieron lugar en París, en diciembre de 1898, entre la delegación española, presidida por Montero Ríos, y la norteamericana. Atrás había quedado, no obstante, el fruto de un desgaste permanente de nuestra personalidad y de nuestra esencia, labor debida en gran parte al liberalismo y a la masonería.

Ni los apaños políticos de la Restauración ni la coyuntura internacional aliviaron el problema de los españoles y el siglo XX continuó como había terminado el anterior. Salvo el periodo del general Primo de Rivera, España continuaba viviendo en el desastre, y los españoles seguían entregados a la lucha partidista, a la violencia anarquista, a las negligentes medidas de una Administración incapaz y a una Monarquía más preocupada por los coches de lujo y la buena vida que por la realidad española.

Hasta que llegamos al 18 de julio de 1936, fecha en la que se da un portazo a lo anterior. En la espiral de desastre que azotaba a los españoles, desde que en 1931 se instauró ilegalmente la II República, y los afanes del llamado Frente Popular por hacerse con el control de la sociedad, sobre todo a partir de 1933, el nuevo régimen político protagonizó una represión sin límites. Desde la revolución de 1934, y más aún, desde febrero de 1936, viró cruelmente hacia el anticlericalismo. El comunismo había tramado una estrategia para hacerse dueño de la situación, y convertir a la católica España en un país comunista, sujeto a la obediencia soviética; en un satélite de la URSS.

El periodo que se inició aquel 18 de julio es el de la esperanza. Porque, azotados por las rencillas, humillados, amenazados, violados, atormentados, vejados y asesinados, en miles de casos, los españoles fueron convocados a detener aquel cataclismo, pero también a soñar con la esperanza. Aquel periodo comenzó, pues, con una guerra civil, la última hasta el momento, y después con un bloqueo internacional donde la penuria, el hambre, el trabajo escaso, duro y mal pagado eran las nuevas dificultades a vencer. La fe, la ilusión por vivir en paz, la esperanza de mejorar paso a paso, el anhelo por alcanzar el nuevo objetivo, la alegría por vivir el desarrollo social y económico de una España que volvía a encontrarse con sus raíces, en la que la justicia social empezaba a ser una realidad, fueron los gestores del éxito, cuyos frutos se comenzaron a recoger a finales de la década de los años 50. El milagro económico y social fue sueño hecho realidad.

El éxito de Franco no sólo fue convertir a España en una potencia industrial de primer orden en el mundo después de una guerra civil, tras un periodo de regeneración, y el bloqueo internacional de las potencias. El éxito fue haber sido capaz de ilusionar a los españoles, de hacerles creer de lo que eran capaces, de convertirlos en conductores de una sociedad sedienta de paz, ansiosa de trabajo y desarrollo; el éxito fue el de crear una amplia clase media que sirvió de soporte para el bienestar de la sociedad como nunca antes se había disfrutado y que facilitó el cambio al sistema democrático actual, que cerró las diferencias entre los dos bandos y se preparó para ganar el futuro; un objetivo a dinamitar ahora por los que pretenden deslegitimar los hechos históricos.

El espíritu del 18 de julio es el que inspira el tercero de los tiempos. La irrupción en el ambiente intelectual de un joven abogado, José Antonio Primo de Rivera, invitó a los españoles a soñar. Su legado inspiró el nuevo régimen político nacido aquel 18 de julio de 1936, que se forjó a lo largo del desastre, en el transcurso de la Guerra Civil y en los años siguientes a su término cuando, en medio de las muchas dificultades, generaciones de españoles se entregaron con el mismo entusiasmo con que acudieron a la llamada a las armas, para vencer en esta otra lucha que fue la reconstrucción de la Nación destruida por la guerra y sometida al bloqueo internacional. Fue esa fuerza capaz de movilizar a los españoles, ese lapso que nosotros sabemos distinguir en los momentos de grandes dificultades, con abnegación y la entrega, que nos hace diferentes.

El espíritu del 18 de julio es una aptitud; es la manera de combatir la indiferencia; es el coraje, la valentía, la rebeldía y la revolución para salvar la dignidad nacional. El espíritu del 18 de julio no es la alusión a una fecha, sino el estímulo y la exigencia para ganar el futuro, es un sentimiento de responsabilidad colectiva, una disciplina que no está circunscrita a un tiempo concreto.
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