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EL “BABAYU” DE MADURO

Hablan estos días los periódicos del elevado tono de la queja de España a Venezuela, tras los insultos proferidos por Nicolás Maduro al presidente en funciones, Mariano Rajoy, al que llamó “racista, basura corrupta y basura colonialista”. No hace falta demostrar la incapacidad política de Nicolás Maduro porque resulta una evidencia por sí misma. Si Maduro hubiera tenido la oportunidad de asomarse al mundo, desde esa guarida que le sirve de refugio y de parapeto, o de estar bien informado por la colección de etarras que acoge o por la legión de politólogos de origen español a los que contrata como asesores, se habría dado cuenta de que, precisamente, no es Mariano Rajoy un político con ganas de entrometerse en asuntos ajenos. Que vea, sino, lo que ha pasado en Cataluña en estos últimos cuatro años, o lo que ha pasado con los asuntos socio-religiosos, léase Ley del Aborto, o los temas relacionados con la educación o, sin ir más lejos, la famosa Ley de Memoria Histórica, cuya aplicación tiene el efecto de una dictadura tan férrea como la de Venezuela, a la que él no ha hecho nada por obstaculizar.
La última bravata lanzada por el líder bolivariano contra España ha tenido, en la figura del Presidente de Gobierno en funciones, Mariano Rajoy, al muñeco de cera en el que clavar sus dardos. Y pocas veces, un hecho similar ha sido la causa de un efecto tan negativo. Como si un boomerang que, tras describir la elipse, retorna a su punto de partida golpeando, en este caso, a quien lo lanzó. Así de torpe resulta la incapacidad de este personaje del que se sospecha que nació en Colombia, lo que le impediría ser el máximo mandatario de Venezuela si se demuestra (y parece que la Asamblea Nacional de Venezuela en eso está).

Hay quien se educa aleccionado por el barullo y la bronca, tapando con ello la esencia de la diferencia que pretende demostrar. Tengo para mí que el racismo no tiene tanto que ver con el color de la piel como con las diferencias culturales. Gran parte del rechazo que hay entre grupos humanos obedece más a la acción de imponer la identidad cultural de cada grupo antagonista que a la diferencia que entre ellos pueda haber en virtud de su color o, incluso, su cultura. Utilizar el término racista, como ha hecho Maduro, denuncia el primitivismo de su mentalidad y la simpleza de su argumento, porque utilizar el concepto supone admitir un signo de inferioridad en quien lo manifiesta, una especie de reproche hacia quien se supone superior, un lamento para quien asume ese rol de inferioridad de quien se siente despreciado.

Por basura corrupta, Maduro ha pretendido situar a Mariano Rajoy en el epicentro de un volcán que, por desgracia, está colocando no sólo a los acusados, sino a los españoles en general, en una lamentable situación. La gran mayoría de los españoles pide mano dura contra la corrupción, lo que parece que ningún partido está dispuesto a emprender porque aquí, el que esté libre de culpa, puede ir tirando la primera piedra. No nos beneficia, como país, esta situación. Y Maduro lo sabe. Pero que sea él, precisamente, el que denuncie la corrupción de otros parece algo más que una desfachatez, insolencia propia de un cínico vulgar e incoherente, que utiliza el desparpajo plañidero para desviar el foco hacia otro invitado y esconderse él en la sombra de la duda y la indiferencia.

La irrefutable prueba del veneno que lleva dentro este líder bolivariano está en el tercero de los insultos: basura colonialista. Insisto en que, tras comprobar el comportamiento de Rajoy, como presidente del Gobierno de España, frente a las frivolidades independentistas y la respuestas de su gobierno con esa consabida frase de “se va a abrir un expediente…”, o “se han pasado instrucciones al Tribunal Constitucional para que abra un expediente…” , cuando la sociedad española, mayoritariamente, demandaba mano dura con los independentistas, pues es obvio que el insulto de Maduro no ha sido certero, porque de “basura colonialista”, Rajoy, nada de nada. ¡Ay! si lo fuera…

Es un síntoma compartido que, al frente de las llamadas democracias occidentales, se disponga en la actualidad de líderes de discutida valía. La apertura de negociaciones de Estados Unidos a Cuba, encabezada por Obama, que pretende con ello pasar a la historia como el presidente que fue capaz de desbloquear un conflicto en el Caribe como ninguno antes lo había hecho; o la debilidad que los españoles estamos soportando en nuestra democracia, con la presencia tanto de Rodríguez Zapatero antes, como ahora de Rajoy, y para qué seguir en otros países, demuestran que el vivero de genios está agotado por el momento. No obstante, nada comparable a Venezuela, en este caso. Si una negación fue el mandato del líder bolivariano Hugo Chávez, su heredero Maduro, tras la muerte del llamado “gorila rojo”, ha supuesto un descenso considerable de expectativas para la sociedad venezolana. No sirve de consuelo, pero es un hecho que los hay que tienen peor suerte.

Hay diferentes manera de conducir a un país. Desde intentar poner las bases para llevar adelante una política esmerada, y facilitar a la sociedad unos parámetros económicos y sociales capaces de desarrollar el optimismo y la capacidad de gestión suficiente para hacerla creer en sí misma, hasta incrustar en ella los recelos, las sospechas y las amenazas en suficiente dosis para incitar el miedo, y asegurarse el gobierno a través del control de una sociedad asustada y tímida. De esto sí sabe Maduro, que mientras tiene desabastecidas las grandes superficies comerciales, distrae unos miles de dólares para fomentar en España la discordia, el recelo, la inseguridad y el hambre. Los atributos que la Historia le otorgará a él como dirigente. Los asturianos solemos denominar a quien se expresa como lo ha hecho Maduro con una palabra que no necesita traducción: “babayu”.
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